sábado, 26 de diciembre de 2009

1959: Y el verbo se hizo cine

BEN HUR

Título original: Ben-Hur
Año: 1959
País: EE.UU.
Duración: 213 min.
Director: William Wyler
Guión: Karl Tunberg, según la novela homónima de Lew Wallace
Música: Miklos Rozsa
Montaje: Ralph Winters y John Dunning
Fotografía: Robert Surtees
Productor/es: Sam Zimbalist
Compañía: MGM
Intérpretes: Charlton Heston, Jack Hawkins, Stephen Boyd, Haya Harareet, Hugh Griffith, Martha Scott, Cathy O'Donnell, Sam Jaffe et al.

Ganadora de 11 Oscar: película, director, actor, actor secundario, montaje, música, fotografía, dirección artística, diseño de vestuario, efectos especiales, sonido

El tribuno Messala es elegido como segundo del gobernador romano en Jerusalén, un lugar poco agradable para el Imperio Romano, pues sus tropas no son bien recibidas. De hecho, reina en la ciudad un clima hostil que puede culminar con una violenta rebelión, algo que Messala deberá evitar a toda costa. Por eso recurre a su íntimo amigo Judá Ben-Hur, el heredero de una familia noble de la ciudad, para que hable con sus vecinos y les convenza de que se sometan pacíficamente ante el poder de Roma. Sin embargo, Ben-Hur no acepta que su pueblo sea tiranizado, lo que Messala considera como una traición a Roma. Cuando ocurre un accidente en el que se hiere al gobernador, Ben-Hur es acusado injustamente. A pesar de su antigua amistad, Messala condena al judío a remar a las galeras, mientras que a su hermana y a su madre las encarcela. En ese momento, Ben-Hur jura regresar a Jerusalén y consumar su venganza, aunque aquello le cueste la vida.

Actualmente el cine se enfrenta a una crisis, no sólo creativa, sino también económica, producida principalmente por la piratería. Por eso, muchas vacas sagradas de Hollywood se empecinan en vendernos el 3D, un producto sólo disfrutable en el cine, como único remedio eficaz para luchar contra esta lacra social (ja-ja-ja). Pero esto no es nuevo, sino que ya en los años 50 surgió un aparato que amenazó con eliminar el cine: la televisión. Como en aquella época no había suficiente tecnología como para hacer cine en tres dimensiones, decidieron inventar el cinemascope, una pantallaca inmensa con la que se aumentaba considerablemente el campo de visión y, con él, la espectacularidad. Sin embargo, no servía de nada si lo que se mostraba no cumplía las expectativas, por eso alguien decidió rodar una adaptación de una novela que ya se adaptó en 1925 con excelentes resultados, pero en esta ocasión la hicieron un espectáculo digno de ver en pantalla grande y que, en más ocasiones que cualquier chorrada en 3D, dejó con la boca abierta a millones de espectadores: "Ben-Hur", una de las mejores y mayores películas que jamás se han realizado en la historia del cine.

"Ben-Hur" es sinónimo de espectacularidad. La magnífica dirección artística, colosal pero elegante a la vez; la potente banda sonora del gran Miklos Rozsa o la cantidad de extras, caballos e incluso barcos que se emplearon es impresionante. Pero como suele ocurrir, la potencia sin control no sirve de nada, y en esto tiene mucho que decir William Wyler, director que es capaz de realizar bodrios completamente olvidables como "La señora Miniver" o auténticas obras maestras como "Los mejores años de nuestra vida". El cineasta maneja con soltura todas las piezas a su disposición para hacer que "Ben-Hur" sea un filme inolvidable. Así, la música, a parte de hermosamente compuesta, está muy bien empleada; el montaje no puede ser mejor, haciendo que sus tres horas y media de duración no se hagan largas en absoluto y llegando a su apogeo en la magnífica, gloriosa e intensísima secuencia de la carrera de cuádrigas, imitada descaradamente (y de forma bastante correcta) por George Lucas en "Star Wars: episodio I: La amenaza fantasma". Asimismo, la fotografía es espectacular y poética al mismo tiempo, con grandísimos planos totalmente iluminados que daban el máximo rendimiento a una pantalla gigante, y al mismo tiempo, con cuidadísimos claroscuros que otorgan a la cinta una poesía y una belleza inusual. Creedme si os digo que me ha impresionado muchísimo la fotografía de "Ben-Hur", pues no esperaba un tono tan intimista en un filme tan espectacular.

Y quizá sea esta la grandeza de "Ben-Hur": la mezcla de intimismo y espectacularidad sin que ninguna de ellas desentone, enlazándolas con una fluidez inusitada. Tan pronto estás en una batalla naval como que luego pasas sin darte cuenta a un diálogo privado entre dos personajes. Estás en una gran y espectacular carrera de cuadrigas y finalizas con una secuencia treméndamente emotiva entre Ben-Hur y Messala. Y es que "Ben-Hur" no sólo es un filme hecho para mostrar lo grande que es Hollywood, sino que está realizado para contar una historia desgarradora de un hombre que lucha contra la injusticia e implora venganza. Por eso, Wyler también se centra en los sentimientos de unos personajes llenos de matices, representados por unos grandísimos intérpretes en estado de gracia. Los secundarios están soberbios, desde Poncio Pilato hasta Tirzah, la hermana de Judá Ben-Hur, interpretada por Cathy O'Donnell o, lo que es lo mismo, la novia de Homer en "Los mejores años de nuestra vida". Pero sin duda, los que se llevan la palma (y no la de oro, eso es otra cosa), son Charlton Heston y Stephen Boyd, Ben-Hur y Messala respectivamente. El primero, por muy mal que nos caiga, no se debe negar que fuera un gran actor y mientras en ese chiste sin gracia llamado "El mayor espectáculo del mundo" (así se debería titular esta película, por cierto) no estaba a la altura, aquí realiza un trabajo descomunal, expresando con gran verosimilitud la ira, la alegría, la pena, el odio, el asombro y la esperanza. Es impagable la cara que pone cuando Jesús le da de beber, o cuando se da cuenta de quién es cuando le devuelve el gesto durante su camino para ser crucificado. El segundo en discordia interpreta a Messala, el mejor amigo y enemigo de Ben-Hur, en cuya secuencia posterior a la carrera de cuadrigas nos regala una interpretación memorable.

Sin embargo, se le puede poner un pero a la película. Después de la carrera de cuadrigas podría haber terminado la película, pero su última media hora se centra en la Pasión de Cristo, y es que esta película posee una profunda carga religiosa que afecta a gran parte de los personajes de la historia, pero tratado con una elegancia que no desentona en ningún momento. No quiero decir que me parezca mal este tema, todo lo contrario (¡mal rayo me parta!), sino que, a pesar de representar un suceso que marca profundamente a Ben-Hur y a toda su familia (y al resto del mundo, claro está), es como si fuese un fragmento aislado del filme, como si fuese un cortometraje que aparece al final. Son tan sutiles y breves, pero a la vez tan intensas, las referencias religiosas a lo largo del filme, que todo ese pegote final parece otra película. Si no fuera por esta parte la película habría durado media hora menos, pero tampoco es un problema grave que deba crucificar, y nunca mejor dicho, esta impresionante película.

En conclusión, una auténtica obra maestra del cine, un ejemplo de superproducción, en el que conjugan perfectamente la más apabullante espectacularidad con el más emotivo dramatismo, y todo ello sin desentonar en absoluto. Una película de esas de las que ya no se hacen y que deberían ver muchos directorcillos de tres al cuarto que se hacen llamar directores de superproducciones. Un espectáculo que, en pantalla grande, debió ser colosal. ¡Ay, quién tuviera un Delorean para viajar a 1959 y experimentar la sensación de ver "Ben-Hur" en el cine! Ahora tenemos que conformarnos con las tres dimensiones. Cachis en diez...

1 comentario:

Émera dijo...

Creo que esta es la típica película que, debido a los millones de veces que la han puesto (imprescindible en la programación televisiva de semana santa) y a lo larga que es, la he visto entera pero nunca del tirón... Algún día tendré que armarme de valor y hacerlo!!